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La pedagogía del agotamiento (Parte 1)

  • Foto del escritor: JorgeAurelioMx
    JorgeAurelioMx
  • 11 jul
  • 3 min de lectura

Hay calendarios que anuncian vacaciones pero sistemas incapaces de concederlas.


No priorizar el descanso tiene consecuencias, siempre las tiene, el cuerpo las registra, la mente las acumula y, tarde o temprano, la sociedad termina pagándolas.


Concluye el ciclo escolar, al menos eso dicen los calendarios. Sin embargo, para miles de docentes no concluyen las condiciones que los mantienen atrapados en un sistema que desgasta más de lo que forma. El cierre administrativo del ciclo no representa el comienzo del descanso; apenas marca el inicio de otra carrera por sobrevivir.


¿Vacaciones?

Para un número creciente de maestros, sobre todo en la educación privada, las vacaciones son una ficción jurídica y una tremenda imposibilidad económica. El derecho al descanso ha dejado de ser un derecho para convertirse en un privilegio reservado para quienes pueden permitirse no trabajar durante algunas semanas, los demás simplemente cambian de escenario, pero no de condición.


Hay docentes que terminan las clases para comenzar inmediatamente su labor como cuidadores en cursos de verano. Otros aceptan impartir talleres, regularizaciones o actividades recreativas porque sus contratos no contemplan remuneración durante el periodo vacacional. La ecuación es brutal por su sencillez, si no trabajan, no cobran, y cuando la supervivencia depende del siguiente ingreso, el descanso deja de ser una opción para convertirse en un lujo.


No se trata de romantizar la profesión docente ni de convertir al maestro en una víctima permanente. La educación nunca ha necesitado mártires; necesita profesionales respetados, y, precisamente por ello, resulta imprescindible denunciar aquello que se ha normalizado, porque una sociedad que exige educadores siempre disponibles, permanentemente resilientes y eternamente vocacionados, está construyendo un discurso que justifica la precariedad mientras celebra el sacrificio.


La vocación no paga la renta

Para el sistema no bastó un ciclo completo de jornadas interminables, planeaciones, evaluaciones, reuniones, acompañamientos, conflictos familiares, exigencias administrativas y una carga emocional pocas veces reconocida, ahora también es necesario “ganarse el pan” durante el verano.


Los cursos de verano aparecen entonces como una necesidad económica antes que como una elección profesional. Paradójicamente, con frecuencia implican remuneraciones menores, obligaciones mayores y niveles de improvisación que ninguna institución admitiría durante el ciclo ordinario, pues regularmente se exige “creatividad” sin recursos, “innovación” sin tiempo y “excelencia” bajo condiciones que contradicen cualquier principio elemental de calidad educativa.


Aunque siempre aparecerá una explicación aparentemente razonable: “las familias no tienen con quién dejar a sus hijos.” Y es cierto. Pero una explicación no constituye una justificación, porque detrás de esa necesidad opera una lógica mucho más profunda. El mercado no resuelve los problemas sociales; los convierte en oportunidades de negocio, allí donde una familia necesita apoyo, surge una oferta; allí donde existe una necesidad humana, aparece una rentabilidad posible. La competencia exige cobertura permanente y la fuerza de trabajo termina precarizándose para sostener una maquinaria que no puede detenerse.


Esta realidad también alcanza a las infancias

Las infancias poseen, quizá más que nadie, el derecho a interrumpir el ritmo frenético de las obligaciones, a aburrirse, a jugar libremente, a convivir con sus familias y a recuperar el tiempo que el calendario escolar consume. Sin embargo, muchos continúan trasladándose de un espacio educativo a otro porque sus familias tampoco pueden detenerse. Trabajan porque deben hacerlo, mientras los hijos permanecen ocupados porque alguien debe cuidarlos. Así, el círculo se perfecciona, los adultos trabajan para sostener un sistema que les impide descansar, mientras los niños permanecen institucionalizados porque los adultos no pueden dejar de trabajar.


No existe educación de calidad edificada sobre el agotamiento permanente. No existen maestros emocionalmente disponibles cuando el cansancio se ha vuelto crónico. No existen infancias plenamente desarrolladas cuando incluso el juego necesita justificarse mediante una programación institucional.


El descanso no es tiempo perdido, es tiempo recuperado.

Es la condición indispensable para volver a pensar, para volver a crear y para volver a educar. Toda civilización que desprecia el descanso termina erosionando su propia inteligencia, porque el cansancio sostenido reduce la creatividad, empobrece el juicio, normaliza la indiferencia y convierte la supervivencia en el horizonte máximo de la existencia. Hemos comenzado a aceptar como natural lo que jamás debió parecernos aceptable, y esa es la victoria más peligrosa del sistema; no la precarización del trabajo, sino la normalización de la precariedad.


Debemos hacer algo, no por nostalgia de unas vacaciones ideales ni por una defensa ingenua del ocio. Debemos hacerlo porque ninguna sociedad puede aspirar a educar mejor mientras condena a quienes educan, y a quienes son educados, a vivir sin la posibilidad real de descansar. El problema no es que haya cursos de verano, el problema es que, para demasiadas personas, ya no existe la posibilidad de elegir.


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Profesor Jorge Aurelio.

Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®

Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


 
 
 

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