La pedagogía del agotamiento (Parte 2)
- JorgeAurelioMx

- 20 jul
- 7 min de lectura
A descansar también se aprende.
En la primera parte de esta reflexión quise exponer la realidad de un sistema que ha aprendido a funcionar sin descanso, en el que docentes, estudiantes y familias terminan aprendiendo a vivir sin recuperar las fuerzas necesarias para seguir educando, aprendiendo y cuidando con dignidad y conciencia, y en donde lo más preocupante no es el cansancio en sí mismo, sino que hemos terminado por aceptarlo como una condición natural de la vida. Sin embargo, la pedagogía lleva décadas recordándonos una verdad que pocas veces aplicamos a nuestra propia existencia, pues nadie puede aprender, crear, cuidar o acompañar a otros si antes no encuentra espacios para recuperarse.
El descanso no consiste en hacer nada
Existe una idea profundamente equivocada sobre el descanso, pensamos que descansar significa detener absolutamente toda actividad, cuando en realidad el descanso ocurre cuando dejamos de exigirle al cerebro, al cuerpo y a las emociones aquello que llevan meses sosteniendo.
No todas las personas pueden salir de viaje, no todas pueden pagar vacaciones y no todas tienen la posibilidad de desaparecer una semana del mundo. Precisamente por eso necesitamos recuperar una idea mucho más democrática del descanso, una que no dependa del dinero ni de grandes desplazamientos, sino de la capacidad para cambiar el ritmo con el que habitamos nuestra vida cotidiana.
Descansar también puede significar caminar sin prisa por una calle distinta a la habitual, entrar al parque que siempre vemos desde el automóvil y nunca recorremos, sentarse bajo un árbol, preparar una comida nueva, cocinar en familia, armar un rompecabezas, aprender un juego de mesa, visitar un mercado, un museo gratuito o una biblioteca, salir a andar en bicicleta o simplemente conversar con alguien sin mirar el reloj. Esas son acciones aparentemente sencillas, pero tienen algo en común, interrumpen el piloto automático en el que solemos vivir. Y cuando dejamos de vivir en automático comienza la verdadera recuperación.
Paradójicamente, muchas veces convertimos el descanso en otra obligación, planeamos vacaciones agotadoras, queremos visitar demasiados lugares en muy poco tiempo, llenamos los días de actividades, gastamos más de lo que podemos pagar y regresamos preocupados por las deudas, y terminamos cambiando un tipo de agotamiento por otro.
La recuperación es un acto intencionado
La psicología cognitiva ha mostrado que los periodos de desconexión favorecen la consolidación de la memoria, estimulan la creatividad, fortalecen la regulación emocional y permiten recuperar la atención. El cerebro necesita momentos en los que no esté resolviendo problemas para reorganizar la enorme cantidad de información acumulada durante meses de trabajo. Descansar no significa dejar de ser productivos, significa permitir que nuestra mente vuelva a funcionar con claridad.
Quizá uno de los mayores desafíos para muchos docentes consiste precisamente en esto, después de meses resolviendo conflictos, atendiendo familias, respondiendo mensajes fuera de horario, elaborando planeaciones, calificando trabajos y administrando problemas que nunca aparecen en el contrato laboral, resulta difícil apagar la mente, el cuerpo se detiene pero la cabeza continúa trabajando.
Muchos maestros terminan el ciclo escolar sin saber qué hacer con el silencio y entonces buscan llenarlo aceptando otra actividad, otro curso, otro proyecto o una nueva responsabilidad. No porque siempre sea necesario, sino porque el agotamiento prolongado también modifica nuestros hábitos y nos acostumbra a vivir permanentemente ocupados. Por eso, el descanso también requiere aprendizaje; no para dejar de hacer, sino para volver a elegir qué vale la pena hacer.
Esta reflexión también alcanza a las infancias
Durante mucho tiempo hemos pensado que un niño que no está ocupado está perdiendo el tiempo, cuando la evidencia pedagógica y psicológica muestra exactamente lo contrario. El juego libre, el aburrimiento ocasional, la exploración espontánea y la convivencia familiar forman parte del desarrollo infantil tanto como las matemáticas, la lectura o las ciencias.
Durante el ciclo escolar, la vida de muchos niños transcurre entre horarios, tareas, evaluaciones, reglas, desplazamientos y actividades dirigidas. Cuando llegan las vacaciones necesitan salir, al menos por un tiempo, de esa lógica, necesitan desescolarizar la mente, no porque aprender deje de ser importante, sino porque existen aprendizajes que únicamente aparecen cuando dejamos de vivir como si todo fuera una clase.
Sabemos que muchas familias no pueden suspender su jornada laboral, la realidad económica obliga y nadie debería sentirse culpable por ello. Sin embargo, cuando es necesario buscar un espacio para el cuidado de los hijos vale la pena hacerse una pregunta muy sencilla: ¿este lugar se parece demasiado a la escuela? Porque muchos cursos de verano reproducen prácticamente la misma estructura escolar, los mismos horarios, las mismas dinámicas, las mismas reglas e incluso las mismas aulas, únicamente cambia el nombre de las actividades, pero el cerebro infantil también necesita cambiar de escenario, por ejemplo, espacios deportivos, talleres artísticos, actividades al aire libre, huertos, música, teatro, danza, natación, excursiones, bibliotecas infantiles, ludotecas o centros culturales continúan educando, solo que lo hacen desde otros lenguajes, y esos lenguajes también desarrollan habilidades cognitivas, sociales, emocionales y motrices. No se trata de dejar de aprender, se trata de aprender de otra manera.
No todo lo que entretiene es descanso
Cada verano aparecen múltiples propuestas que prometen mantener ocupados a los niños durante varias horas, pero ocupar no siempre significa cuidar y mucho menos educar. Conviene preguntarse quién organiza las actividades, qué preparación tienen los responsables, cuáles son sus protocolos de seguridad, cómo atienden una emergencia, cuál es la proporción entre adultos y niños y, sobre todo, cuál es el sentido pedagógico de aquello que ofrecen. No basta con que un espacio mantenga a los niños entretenidos; es indispensable que también les permita descansar.
Y es aquí donde aparece un aspecto que pocas veces consideramos, la calidad del descanso. Hoy abundan propuestas que mantienen a las infancias permanentemente estimuladas mediante pantallas, música constante, actividades que cambian sin pausa, competencias continuas y una sucesión interminable de estímulos que impiden al cerebro encontrar momentos de calma. Aunque a primera vista parecen espacios dinámicos y atractivos, mantienen a los niños en un estado permanente de activación que difícilmente favorece la recuperación física, emocional o cognitiva.
Conviene recordar que el descanso no consiste únicamente en cambiar de actividad, sino en modificar el ritmo con el que vivimos esa actividad. Un cerebro que nunca disminuye su nivel de exigencia tampoco descansa, aunque haya dejado el salón de clases. Por ello, no toda diversión repara y no toda propuesta recreativa contribuye realmente al bienestar infantil. Elegir con criterio también forma parte de educar.
Descansar no implica perder las rutinas
Existe otro error frecuente, pensar que las vacaciones implican eliminar toda estructura, y en realidad debe ocurrir exactamente lo contrario. Los niños necesitan descansar de las exigencias escolares, pero no de aquellos hábitos cotidianos que les brindan seguridad, estabilidad y equilibrio. Confundir descanso con desorden suele provocar que aquello que pretendía ser un periodo de recuperación termine convirtiéndose en una fuente adicional de estrés para toda la familia.
Conservar horarios razonables para dormir, mantener momentos para compartir los alimentos, reservar algunos minutos para la lectura, participar en pequeñas responsabilidades dentro del hogar, limitar el uso excesivo de pantallas y proteger diariamente espacios para el juego libre son prácticas sencillas que permiten disfrutar las vacaciones sin romper aquellos ritmos que favorecen el bienestar. Las rutinas, lejos de convertirse en un obstáculo, ofrecen el marco desde el cual el descanso adquiere sentido y calidad, haciendo que el regreso a clases ocurra de manera mucho más natural y menos desgastante.
En el fondo, descansar tampoco significa desconectarnos de todo aquello que nos ayuda a vivir mejor. Significa, más bien, dejar de exigirnos aquello que durante el resto del año consume casi toda nuestra energía para recuperar lo que suele quedar relegado por la prisa, el encuentro con los otros, la conversación, el juego, la contemplación, el silencio y la posibilidad de volver a habitar nuestro propio tiempo.
Aprender a detenernos antes de rompernos
Quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo sea que hemos aprendido a preparar a las personas para responder a las exigencias del mundo, pero estamos olvidando enseñarles a convivir consigo mismas. La educación ha puesto enormes esfuerzos en desarrollar competencias, habilidades y desempeños, pero con frecuencia deja en segundo plano otra capacidad igualmente necesaria, aprender a detenerse antes de romperse.
La pedagogía lleva décadas recordándonos una verdad que pocas veces aplicamos a nuestra propia vida, nadie puede aprender bien desde el agotamiento. Un maestro emocionalmente exhausto difícilmente podrá sostener la paciencia que exige educar; una familia atrapada en la prisa encontrará cada vez menos espacios para construir vínculos significativos; y un niño que nunca dispone de tiempo para jugar, aburrirse, explorar o simplemente descansar terminará creyendo que su valor depende únicamente de mantenerse ocupado.
Tal vez por eso las vacaciones representan mucho más que una interrupción del calendario escolar. Constituyen una oportunidad para recuperar formas de vivir que el ritmo cotidiano va desplazando silenciosamente. Conversar sin mirar el reloj, caminar sin un destino preciso, descubrir un lugar cercano que nunca habíamos observado con atención, cocinar juntos, visitar a los abuelos, leer por placer, compartir una sobremesa o simplemente permitirnos el lujo de no hacer aquello que durante meses sentimos la obligación de hacer. Son experiencias sencillas, pero profundamente humanas, porque nos devuelven la capacidad de habitar el tiempo en lugar de únicamente administrarlo.
Quien únicamente aprende a producir corre el riesgo de olvidar cómo vivir.
Quizá la mayor contradicción de nuestra época sea precisamente esa, hemos construido sistemas educativos que preparan con enorme eficacia para el rendimiento, pero cada vez con menos convicción para la existencia. Y una educación que no deja espacio para el descanso termina formando personas capaces de producir mucho, pero incapaces de disfrutar aquello por lo que trabajan.
Porque el descanso no es lo contrario del aprendizaje; es la condición que lo hace posible. Y quizá la pedagogía más urgente de nuestro tiempo consista justamente en recordar que educar no significa únicamente preparar para el trabajo, sino también enseñar a vivir una vida que verdaderamente merezca ser vivida.
Al final, el descanso no debería entenderse como una recompensa por haber soportado el cansancio, sino como una necesidad inherente a nuestra condición humana. Descansamos para pensar mejor, para sentir con mayor profundidad, para crear, para convivir y, sobre todo, para volver a encontrarnos con nosotros mismos.
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Profesor Jorge Aurelio.
Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®
Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


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