El “aura” no es el problema: lo que los jóvenes intentan decirnos.
- JorgeAurelioMx

- hace 3 días
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Cada generación inventa sus propios gestos para decirle al mundo: ¡aquí estamos!
En estos días ha comenzado a llamar la atención un movimiento llamado aura framing, una tendencia que circula con fuerza entre jóvenes y adolescentes y que, como suele ocurrir con aquello que no comprendemos del todo, ha despertado una buena dosis de burla, descalificación y hate desde una supuesta madurez que, en realidad, aporta muy poco a la comprensión del fenómeno.
El aura framing puede entenderse, de manera sencilla, como una forma de construir y mostrar una determinada imagen de uno mismo mediante fotografías, videos, gestos, poses o situaciones diseñadas para proyectar una especie de presencia, personalidad o “aura” particular frente a los demás.
Dicho esto, conviene detenernos un momento y analizar.
Con el paso del tiempo sabemos que la expresión humana y sus códigos cambian, pero el impulso que se encuentra detrás de ellos tiene una historia mucho más larga.
Hubo un tiempo en que fueron los flash mobs, concentraciones aparentemente espontáneas que irrumpían durante unos minutos en un espacio público para después desaparecer. Después llegaron fenómenos como el Harlem Shake, que convirtió la repetición, la exageración y el absurdo colectivo en una forma de participación cultural que millones de jóvenes reprodujeron alrededor del mundo.
Y antes de ellos hubo muchas otras expresiones juveniles y colectivas que, vistas desde la distancia, pueden parecernos extrañas, extravagantes o incluso incomprensibles. Sin embargo, esto tampoco es nuevo. Los encuentros tribales, las danzas, los rituales, los símbolos, las vestimentas, las marcas corporales y toda una interminable colección de formas mediante las cuales los seres humanos buscan pertenecer, distinguirse, celebrar, provocar, comunicar y ser reconocidos.
La juventud siempre ha necesitado códigos propios
Visto así, podemos entender que cada generación produce sus lenguajes, sus símbolos, sus rituales y sus formas de reconocimiento.
A veces los adultos los comprendemos, otras veces apenas logramos observarlos desde afuera, convencidos de que nuestra propia juventud representó una época de mayor profundidad, mayor autenticidad y mayor sentido, pero la historia, sin embargo, suele desmentirnos.
Lo que hoy parece absurdo alguna vez fue también una forma de rebeldía, pertenencia o identidad, y probablemente dentro de algunas décadas muchas de las expresiones que hoy consideramos normales serán observadas por otros con la misma mezcla de extrañeza y condescendencia con la que algunos adultos miran actualmente a los jóvenes.
Ahora bien, comprender un fenómeno tampoco significa idealizarlo. No todos los movimientos juveniles poseen la misma profundidad ni todas las prácticas merecen ser celebradas bajo el argumento de que “así son los jóvenes”.
El culto a la propia imagen, la necesidad permanente de aprobación, la búsqueda compulsiva de reconocimiento y la construcción de una identidad subordinada a la mirada de los demás constituyen fenómenos que merecen nuestra atención educativa, pues una cosa es jugar con la imagen y otra muy distinta es terminar viviendo para ella. Una cosa es participar de un código colectivo y otra es necesitar permanentemente la validación de una audiencia para sentirse alguien.
En este punto aparece una distinción fundamental que, como educadores, debemos aprender a realizar. Comprender una conducta no significa justificarla, pero la comprensión constituye, precisamente, el punto de partida para poder intervenir.
Por eso me parece poco útil observar estas tendencias desde la “superioridad” de quien mira a las nuevas generaciones y concluye que “cada vez están peor”. Esa frase, además de simplista, suele revelar más sobre quien la pronuncia que sobre los jóvenes a quienes pretende describir.
La crítica que nace del desprecio difícilmente puede convertirse en una herramienta educativa, porque cuando dejamos de intentar comprender al otro comenzamos también a perder la posibilidad de acompañarlo.
Burlarse de una generación resulta sencillo, pero comprenderla exige mucho más, y educar exige todavía más. Porque detrás de cada tendencia hay preguntas que vale la pena formular: ¿qué necesidad satisface?, ¿qué reconocimiento ofrece?, ¿qué forma de pertenencia construye?, ¿qué emociones moviliza?, ¿qué relación establece con la mirada de los demás?, ¿qué lugar ocupa el grupo?, ¿qué papel desempeña la tecnología? y, quizá la pregunta más importante, ¿dónde termina el juego y comienza una conducta que puede resultar perjudicial?
Al detenernos en estas preguntas comienza verdaderamente la tarea educativa, porque educar no consiste únicamente en decirle a alguien qué debe hacer, sino en ayudarle a comprender aquello que está haciendo y las consecuencias que puede tener para su propia vida.
También podemos observar que este fenómeno adquiere una dimensión particular porque surge y se vitaliza en un ecosistema digital que ha transformado radicalmente las condiciones de exposición. Nunca habíamos tenido una capacidad semejante para mostrarnos ante los demás y nunca habíamos contado con una audiencia potencial tan amplia. Al mismo tiempo, tampoco habíamos estado tan expuestos a comparar nuestra vida con la representación cuidadosamente construida de la vida de otros.
Las redes sociales pueden sacar lo peor del ser humano, pero también pueden revelar necesidades que siempre estuvieron ahí. La diferencia está en la escala, la velocidad y la permanencia.
Hoy una pose puede convertirse en identidad, una broma en tendencia, una tendencia en pertenencia y una búsqueda de reconocimiento en una necesidad permanente de exposición. La tecnología, en este sentido, quizá no haya inventado todas estas necesidades, pero sí ha multiplicado las posibilidades de expresarlas, amplificarlas y convertirlas en parte de una identidad pública.
Por eso, el verdadero desafío educativo no consiste en combatir cada nueva tendencia que aparece, sino en enseñar a nuestros jóvenes a habitar críticamente el mundo que les ha tocado. Necesitamos adultos capaces de distinguir entre expresión y dependencia, entre juego y compulsión, entre pertenencia y sometimiento, entre construcción de identidad y culto narcisista.
Los adultos debemos estar dispuestos a comprender antes de juzgar
Comprender los nuevos códigos también es una forma de acercarnos a los más jóvenes. Cuando un educador aprende el lenguaje de sus estudiantes no se convierte en uno de ellos; adquiere, sencillamente, una posibilidad mayor de encontrarse con ellos. Aprende a mirar desde otro lugar, a reconocer aquello que para el joven resulta significativo y, desde ahí, puede ejercer una autoridad mucho más profunda que aquella que nace de la simple imposición.
Por el contrario, cuando descalificamos aquello que desconocemos, levantamos una barrera que después pretendemos derribar mediante discursos sobre confianza, acompañamiento y diálogo. Resulta, entonces, difícil acompañar a alguien cuya cultura nos hemos negado a comprender. No podemos pedirle a una generación que confíe en adultos que previamente han decidido que todo aquello que la representa carece de sentido.
Por eso considero que el aura framing merece menos burla y más preguntas. Quizá detrás de una pose aparentemente superficial exista una búsqueda legítima de identidad. Quizá detrás de la necesidad de mostrar exista una necesidad más profunda de ser visto. Quizá detrás de la tendencia exista, como ha ocurrido tantas veces en la historia humana, una generación intentando decirnos con sus propios códigos algo que todavía no hemos aprendido a escuchar.
Los jóvenes no necesitan adultos que celebren todo lo que hacen; necesitan adultos capaces de comprender por qué lo hacen y suficientemente firmes para ayudarles a distinguir aquello que los construye de aquello que termina destruyéndolos. Porque educar también significa aprender a mirar el presente sin despreciarlo, acercarnos a aquello que nos resulta extraño sin renunciar a nuestro criterio y comprender los nuevos lenguajes sin abandonar nuestra responsabilidad formativa.
Quien se burla de los códigos de una generación quizá consiga sentirse superior por un instante; quien aprende a comprenderlos obtiene algo mucho más valioso, la posibilidad de educar.
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Profesor Jorge Aurelio.
Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®
Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


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