El aula bajo sospecha: Educar en tiempos de IA.
- JorgeAurelioMx

- 21 may
- 8 min de lectura
La tecnología nunca llega sola, siempre trae consigo una idea de ser humano.
Hace algunos días, Montserrat del Pozo, reconocida por su trabajo en innovación educativa, abrió su cuenta en LinkedIn, y aunque habría mucho que decir sobre el extraño ecosistema de esa red social, siempre es de celebrar que personas con gran trayectoria intelectual y educativa encuentren nuevos medios para compartir sus ideas.
Ahora bien, el punto central de estas líneas no es la apertura de una cuenta, sino algunas de las reflexiones que Del Pozo ha comenzado a compartir sobre inteligencia artificial y educación, reflexiones que, por cierto, no son menores, pues cuando alguien con suficiente autoridad pedagógica habla de IA, no solo habla de una herramienta, sino que ayuda a construir el imaginario desde el cual las escuelas, los docentes y las familias terminarán relacionándose con ella, y es justo por eso que conviene detenerse, pensar e incluso sospechar. Dicho esto, empecemos.
En uno de sus recientes posteos afirma:
"Integrar lA en el aula no es una decisión tecnológica. Es una decisión pedagógica. Y esa distinción lo cambia todo.
Cuando un docente decide usar una herramienta de IA, la pregunta relevante no es "¿cuál es la mejor herramienta?" sino "¿qué quiero que aprenda el estudiante, y en qué momento la lA ayuda a ese proceso y en qué momento lo interrumpe?"
Eso exige al menos tres cosas:
Primero, saber para qué no se necesita. Hay aprendizajes que requieren fricción: construir un argumento desde cero, enfrentarse a la dificultad de una fuente difícil, equivocarse y corregir. Si la IA elimina esa fricción, no facilita el aprendizaje. Lo sustituye. Y hay estudios que documentan el daño: estudiantes que rinden mejor con lA durante el proceso, pero caen por debajo de su nivel inicial cuando se les evalúa sin ella.
Segundo, diseñar con intención el momento en que sí aparece. No "se puede usar", sino "la usamos aquí, con este propósito, de esta forma". Como herramienta de revisión, como interlocutor socrático, como generador de primeros borradores que el estudiante debe cuestionar y reescribir. El criterio pedagógico no prohíbe ni deja hacer:
orienta.
Tercero, rediseñar cómo evaluamos. Una evaluación que puede resolverse con un prompt no evalúa lo que creemos que evalúa. El rediseño no significa complicar más las tareas: significa que la evidencia de aprendizaje no puede ser solo un producto final, sino también el proceso, la defensa oral, el razonamiento visible.
Todo esto requiere que la institución haya pasado antes por la experiencia. Que los docentes hayan explorado las herramientas, cometido errores con ellas, aprendido qué hacen bien y qué distorsionan.
La lA puede ser un recurso pedagógico potente. Pero solo si la decisión sobre cuándo y cómo usarla la toma el docente, no el algoritmo”.
En apariencia, el post resulta impecable y casi imposible de discutir, pero justamente ahí comienza el problema. Porque cuando se afirma que la incorporación de IA depende de una “decisión pedagógica”, pareciera asumirse que el docente todavía conserva plena soberanía sobre las herramientas que utiliza, los tiempos que define y las metodologías que implementa, y la realidad educativa contemporánea dista mucho de eso.
Hoy buena parte de las escuelas han comenzado a operar bajo esquemas de dependencia tecnológica cada vez más profundos. Plataformas integrales, paquetes educativos “todo incluido”, ecosistemas digitales cerrados, licencias corporativas, convenios con empresas tecnológicas y modelos pedagógicos prefabricados son vendidos a las instituciones bajo la promesa de innovación, personalización y eficiencia. El problema es que, detrás de esa narrativa, la capacidad real de decisión del docente se reduce dramáticamente.
El profesor ya no elige libremente la herramienta, sino que administra la que le fue impuesta por una estructura institucional, comercial y tecnológica previamente diseñada, y esa imposición suele venir legitimada por “evidencia científica”, estudios de impacto o discursos tecnopedagógicos cuya "neutralidad" merece, por lo menos, ser discutida.
No toda evidencia es inocente y no toda investigación está libre de intereses económicos, ideológicos o industriales.
Ivan Illich ya advertía en La sociedad desescolarizada que las instituciones modernas terminan absorbiendo la autonomía humana bajo la apariencia de servicio y progreso. Y Neil Postman insistía en que toda tecnología trae consigo una filosofía implícita, modificando no solo lo que hacemos, sino la manera de comprender el mundo.
Por eso resulta problemática otra idea del mismo post: asumir a la IA como "interlocutor socrático". Dicha expresión suena elegante, incluso pedagógicamente seductora, pero la inteligencia artificial no puede ser interlocutora en sentido estricto, porque carece de conciencia, intencionalidad y verdad. Y más delicado todavía, no es una herramienta neutra.
Toda IA generativa está atravesada por sesgos de entrenamiento, filtros ideológicos, prioridades comerciales y estructuras algorítmicas previamente configuradas. Convertirla en “interlocutor” implica, consciente o inconscientemente, asumir una neutralidad que no posee, o peor aún, suponer que el estudiante cuenta ya con la madurez crítica suficiente para discriminar aquello que recibe. Y si algo demuestra nuestro tiempo es precisamente lo contrario, incluso profesionales formados tienen enormes dificultades para distinguir entre información válida, manipulación discursiva o persuasión algorítmica.
Al respecto, Byung-Chul Han advierte que las formas contemporáneas de dominación ya no operan únicamente mediante prohibiciones, sino mediante seducción, comodidad y exceso de positividad. La IA no obliga, facilita, y precisamente ahí reside parte de su poder, porque el sujeto termina creyéndose libre mientras habita estructuras de decisión previamente condicionadas.
Toda tecnología educativa reconfigura hábitos cognitivos, relaciones humanas, formas de atención y estructuras de pensamiento. Marshall McLuhan lo dijo hace décadas, “el medio es el mensaje”. El problema nunca ha sido exclusivamente el contenido, sino aquello que la herramienta hace con nosotros mientras creemos “simplemente” que la estamos usando.
Se trata entonces de comprender que nunca es solamente una “herramienta”.
Ahora bien, cuando Del Pozo señala que “una evaluación que puede resolverse con un prompt no evalúa lo que creemos que evalúa”, le asiste plenamente la razón. Ahí su reflexión es pertinente y necesaria. Porque la evaluación jamás ha debido reducirse a la producción mecánica de un resultado final. Evaluar implica observar procesos, razonamientos, errores, reconstrucciones, silencios, intuiciones, capacidades de argumentación y modos de enfrentar la dificultad. La evaluación auténtica requiere presencia y mirada humana, además de juicio prudencial.
Aristóteles llamaba phronesis a esa capacidad de discernimiento práctico que ninguna automatización puede sustituir completamente. El docente observa no solo lo que el alumno responde, sino cómo llega a ello, qué vacíos posee, qué esfuerzo realiza, qué relación establece con el conocimiento, y eso difícilmente puede reducirse a métricas automáticas o verificaciones algorítmicas.
Sin embargo, incluso aquí conviene ampliar la discusión, pues el problema no es solamente que un prompt resuelva tareas escolares, el problema es que el propio modelo educativo contemporáneo lleva décadas reduciendo el aprendizaje a productos entregables, rúbricas estandarizadas y evidencias administrativamente verificables.
La IA simplemente vino a exhibir las grietas de un sistema que ya confundía aprendizaje con producción.
En otro de sus posteos, Del Pozo escribe:
"La inteligencia artificial es como el fuego. Nos puede servir para hacer un buen cocido. O para incendiar una casa. La diferencia no está en el fuego.
Llevamos años debatiendo si la lA va a transformar la educación. Y la respuesta corta es: sí. Pero esa no es la pregunta importante.
La pregunta importante es: ¿quién está en la cocina? Porque el fuego solo, sin ingredientes, no alimenta a nadie. Y con malos ingredientes, el mejor fuego del mundo no hace un buen plato. Necesitas saber qué quieres cocinar, elegir los ingredientes con criterio, y tener un chef que entienda para quién cocina y por qué.
En educación, eso se traduce en algo muy concreto: la lA es tan poderosa como el proyecto educativo que hay detrás. Sin valores claros, sin docentes acompañados, sin familias informadas, la herramienta más avanzada del mundo no sirve de nada. O peor, sirve para lo contrario de lo que queremos.
En los colegios llevamos tiempo construyendo esa cocina. No perfecta. Pero consciente.”
La metáfora resulta particularmente reveladora: “La inteligencia artificial es como el fuego. Nos puede servir para hacer un buen cocido o para incendiar una casa”. Y nuevamente, aunque la imagen parece clara y didáctica, quizá simplifica demasiado un fenómeno infinitamente más complejo. Porque el problema no es solamente quién cocina. El problema es quién diseñó la cocina, quién distribuye los ingredientes, quién controla el suministro de gas y quién determina qué recetas son posibles.
El docente contemporáneo no entra simplemente a una cocina, entra muchas veces a una franquicia tecnológica previamente estructurada por grandes corporaciones digitales, intereses económicos globales y modelos de gobernanza algorítmica. Y ahí el riesgo aumenta, pues creemos seguir eligiendo libremente cuando, en realidad, nuestras condiciones de elección ya fueron previamente delimitadas.
Finalmente, en otro posteo, hace referencia al modelo AIAS:
"¿Usar IA es hacer trampa?
Hay una escala que lo aclara muy bien: el AIAS (Artificial Intelligence Acknowledgement Statement), disponible en aiassessmentscale.com
Permite declarar de forma transparente cómo has utilizado la IA en un trabajo o artículo. No como confesión, sino como criterio profesional.
Por ejemplo, un uso de nivel AIAS-2 significa que la IA ha ayudado con la redacción, la revisión estilística o la estructura del texto… pero las ideas, el enfoque, las decisiones y las conclusiones son tuyas. 100%.
La IA como bicicleta eléctrica: te asiste en el camino, pero tú decides a dónde vas y pedaleas tú.
Esto es exactamente lo que propone el Informe ODITE 2026: usar la IA de forma crítica, supervisada y responsable. No ignorarla. No delegarle el pensamiento. Integrarla con criterio.
La pregunta no es si usar IA o no. La pregunta es cómo y con qué nivel de conciencia lo haces.”
Y en este, es de destacar la expresión: "usar la IA de forma crítica, supervisada y responsable". Lo que alude a una palabra que el mundo educativo ha repetido obsesivamente durante décadas: formación.
Ya sea frente al internet, las pantallas, las redes sociales, los teléfonos inteligentes y ahora la IA, la respuesta dominante de los especialistas siempre ha sido la misma: “formar para el uso responsable”. Pero convendría preguntarnos, cuáles han sido realmente los resultados de esa apuesta, porque las consecuencias están a la vista. El deterioro de la atención sostenida, la dependencia tecnológica, la ansiedad, la hiperestimulación, la incapacidad de concentración profunda, el empobrecimiento del diálogo, la fragilidad emocional, el aislamiento social y diversas formas crecientes de adicción digital. Y no se trata de moralismo, sino de fenómenos ampliamente documentados desde la psicología, la neurociencia y la sociología contemporánea.
Jonathan Haidt, por ejemplo, ha mostrado con enorme contundencia cómo la sobreexposición digital está correlacionada con profundas alteraciones emocionales y sociales en adolescentes y jóvenes. Y aun así, seguimos creyendo que basta “formar” para resolverlo todo, y quizá no. Quizá antes de formar haya que limitar.
Porque ninguna sociedad seria entrega herramientas de enorme poder cognitivo y emocional a sujetos que todavía no poseen el criterio suficiente para utilizarlas prudentemente. No permitiríamos que un niño conduzca un automóvil simplemente ofreciéndole un curso de educación vial. Primero existen límites, maduración, gradualidad y responsabilidad. Lo mismo debería ocurrir con la inteligencia artificial.
Un estudiante que aún no sabe redactar por sí mismo difícilmente puede beneficiarse de una herramienta que redacta por él. Un alumno que todavía no ha desarrollado el pensamiento crítico no está en condiciones reales de filtrar adecuadamente aquello que la IA le devuelve. Y un sujeto que jamás aprendió a sostener la frustración intelectual terminará utilizando la tecnología como sustituto permanente del esfuerzo, cuestión que también ya ha sido documentada.
La discusión no puede reducirse a “usar o no usar la IA”, esa es una falsa dicotomía.
La verdadera pregunta es: ¿qué capacidades humanas deben consolidarse antes de delegar funciones cognitivas en sistemas artificiales? Porque quizá la tarea más urgente de la educación contemporánea no sea enseñar a usar herramientas, sino formar sujetos capaces de no volverse esclavos de ellas.
Dicho esto, sigamos reflexionando.
___________
Profesor Jorge Aurelio.
Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®
Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


Comentarios