El fin del ciclo o el fin de la simulación.
- JorgeAurelioMx

- 12 may
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Actualizado: 13 may
Hay ideas que deberían provocar reflexión, pero en sociedades emocionalmente tan rotas sólo provocan gritos.
El intento de clausurar el ciclo escolar antes de tiempo retrató de cuerpo completo lo que somos, un conglomerado profundamente fragmentado, cargado de subjetividades, mitologías personales, ignorancia militante, intereses económicos, deseos morales, resentimientos y una descomunal necesidad de opinar sobre todo sin pensar casi nada. Y todo eso coexistiendo al mismo tiempo, en el mismo espacio público, bajo el amparo de una libertad de expresión que muchos han confundido con el derecho irrestricto a decir estupideces.
Y entonces aparece el secretario de educación, con los arrestos propios de un burócrata que confunde ocurrencia con política pública, diciendo que el ciclo escolar debe clausurarse antes. Acto seguido, sus comparsas institucionales aplauden como focas amaestradas y pactan. Algunos lo hacen porque comparten la pobreza del planteamiento; y otros, más astutos y perversos, alcanzan a ver el verdadero botín, el escándalo.
De pronto el sistema dejó de fingir y mostró sin maquillaje aquello que realmente es.
La ocurrencia vino acompañada de una sentencia monumental: “los últimos días ya no se hace nada”. Y no conforme con semejante confesión, remató con otra joya: “la escuela no es guardería”. Y claro, sobrevino el infarto colectivo. Convulsionaron todos, los docentes, las familias, los empresarios, los opinadores profesionales, los pedagogos de cafetería, los revolucionarios de teclado. Todos indignados.
Pero una vez pasado el espasmo emocional, conviene hacer algo extraordinariamente raro: pensar. Y al hacerlo, comprenderemos que en un asunto así no caben las generalizaciones.
México son miles de realidades educativas brutalmente distintas entre sí. Pretender meter toda la experiencia educativa nacional en la pequeña cajita de “la escuela donde yo trabajo” o “la escuela donde estudian mis hijos”, es un acto de provincianismo intelectual profundamente ridículo.
La escuela moderna vive de una ficción cuidadosamente administrada.
Con casi treinta años en el sector educativo, y habiéndolo mirado desde diversas funciones, puedo decir algo incómodo: muchísimas escuelas sobreviven las últimas semanas del ciclo haciendo malabares administrativos y pedagógicos casi circenses.
Después de las evaluaciones el sistema empieza a vaciarse de sentido con una velocidad aterradora. Hay instituciones, sí, que exprimen hasta la última gota de creatividad para sostener el interés, la reflexión y el trabajo formativo hasta el final. Claro que existen, las he conocido, admirado y guardado la fortuna de colaborar en ellas, pero sería intelectualmente deshonesto afirmar que son la norma. No lo son, ni en el sector público ni en el privado, y no hace falta ser un genio para advertirlo. Si fueran la norma, nuestros indicadores educativos serían otros. Nuestro nivel de lectura sería otro. Nuestra capacidad argumentativa sería otra. Nuestra vida pública sería otra. Y no lo es. Porque la verdad es que el sistema educativo moderno no está construido para formar sujetos libres ni inteligencias críticas, está construido para homologar individuos, administrar masas y producir validaciones.
Por eso resulta ingenuo, o deliberadamente ingenuo, ese tipo de frases románticas que circulan en redes: “Ojalá se pudiera pensar la educación más allá de evaluar. No es tan difícil.” No. Precisamente ése es el problema: sí es difícil. ¡Es dificilísimo!
Porque pensar la educación más allá de la evaluación implicaría desmontar buena parte del aparato sobre el que descansa la ficción contemporánea llamada escuela.
Sí, ficción. Y conviene decirlo sin eufemismos.
Desde la modernidad industrial el sistema dejó perfectamente claro que no se estudia para saber, se estudia para aprobar. No se enseña para formar, se enseña para producir. No se acredita inteligencia, se acredita obediencia. El título académico muchas veces no certifica conocimiento, certifica permanencia dentro del sistema.
Foucault lo explicó hace décadas cuando habló de las instituciones disciplinarias y la escuela como la fábrica, el cuartel o la prisión, que opera mediante vigilancia, clasificación y normalización. Y Bourdieu terminó de desnudar el mecanismo al mostrar cómo la escuela reproduce estructuras sociales bajo la apariencia de mérito. La evaluación, entonces, no es un accidente del sistema educativo, es su columna vertebral, es el mecanismo de control, validación y legitimación de toda la maquinaria.
Por eso el sistema colapsa simbólicamente cuando ya “se evaluó”. Porque una vez emitida, el dispositivo siente que ha cumplido su función esencial. Todo lo demás queda reducido a administración del tiempo, contención institucional y simulación operativa.
Y aquí aparece otra dimensión todavía más brutal: el sistema económico.
La escuela dejó hace mucho de ser únicamente un espacio pedagógico; hoy es también comedor, refugio, contención emocional y mucho más.
Porque mientras algunos ingenuos discuten si la escuela “debería” cuidar niños, la realidad material aplasta cualquier romanticismo.
Familias enteras sobreviven trabajando jornadas extenuantes. Padres y madres salen de casa antes del amanecer y regresan cuando los hijos prácticamente duermen. La estructura económica contemporánea pulverizó el espacio familiar tradicional y después fingió sorpresa cuando la escuela terminó absorbiendo funciones de contención social, emocional y hasta alimentaria. Entonces no, la escuela no nació para ser guardería, pero la sociedad terminó convirtiéndola parcialmente en eso porque destruyó casi todos los demás espacios seguros, y negarlo, es una forma más de cinismo.
Luego está el otro gran silencio: la precariedad estructural.
La educación pública sobrevive, en muchísimos casos, apenas con lo indispensable. Escuelas sin infraestructura digna. Docentes saturados, grupos imposibles, recursos mínimos y exigencias máximas. Y aun así, se le exige al maestro convertirse simultáneamente en pedagogo, psicólogo, trabajador social, gestor administrativo, cuidador emocional y salvador civilizatorio. Al tiempo que, buena parte de la educación privada, que presume modelos “innovadores”, plataformas “de vanguardia” y experiencias “transformadoras”, muchas veces sostiene toda esa retórica sobre docentes mal pagados, exhaustos y laboralmente precarizados. La gran ironía y conclusión del discurso educativo contemporáneo nos dice que, mientras hablamos de formar ciudadanos críticos, destruimos sistemáticamente las condiciones materiales de quienes deben formarlos.
Y sí, también hay que aumentar otra verdad que irrita profundamente: existen familias que han renunciado por completo a educar. No todas, pero existen.
Hay familias que delegan absolutamente todo a la escuela y luego exigen resultados morales, emocionales e intelectuales como si educar fuera un servicio de entrega inmediata. Porque hemos llegado a un punto tan grotesco donde muchas familias quieren autoridad sin presencia, formación sin involucramiento y límites sin responsabilidad. Y cuando alguien señala esto, sobreviene el escándalo.
La verdad no peca, pero incomoda de manera insoportable.
Por eso, ante un tema como el que abrió el señor secretario, reaccionamos con el estómago. Por eso convertimos cada discusión educativa en una guerra tribal de consignas morales. Por eso defendemos ocurrencias como si fueran teoremas. Por eso los políticos han encontrado en la educación el botín perfecto.
Mientras tanto, seguimos confundiendo escolarización con educación. Que no son lo mismo y nunca lo han sido. La escolarización administra sujetos, la educación transforma conciencias. La escolarización acredita, la educación emancipa. La escolarización mide, la educación problematiza. Pero claro, emancipar sujetos críticos resulta peligrosísimo para cualquier estructura de poder, y es mucho más cómodo producir individuos funcionales que sepan obedecer.
Por eso cada crisis educativa revela algo mucho más profundo que un simple problema administrativo, o de calendarios. Revela la fractura moral, económica, política y cultural de toda una sociedad, y el derrumbe progresivo de las ficciones que sostienen nuestro sistema educativo. Quizá por eso duele tanto.
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Profesor Jorge Aurelio.
Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®
Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


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