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El día del juicio se aproxima.

  • Foto del escritor: JorgeAurelioMx
    JorgeAurelioMx
  • 1 may
  • 4 min de lectura

¡Ay de ti, maestro, que osaste caer en el engaño!

¡Ay de ti, maestro, que traicionaste el conocimiento en nombre de la novedad!

¡Ay de ti, maestro, que cambiaste el conocimiento por espectáculo!


(1) Imagina que llegas con el médico, con el pulso tembloroso y la incertidumbre clavada en el pecho, y que al momento de comunicarte el diagnóstico no te habla de fisiopatología, ni de evidencia clínica, ni de pronóstico… sino que despliega una presentación impecable en Canva, con tipografías amables, íconos sonrientes y una paleta de colores “humanizada”.


(2) Imagina que consultas a un abogado para defender tu patrimonio o tu libertad, y que, en lugar de argumentar con rigor jurídico, te ofrece un mapa mental lleno de flechas, emojis y metáforas visuales, con mucho diseño y poca ley.


(3) Imagina que subes a un avión y el piloto, antes de despegar, te tranquiliza con una dinámica participativa: “vamos a co-construir juntos la experiencia de vuelo”. No te habla de aerodinámica, ni de protocolos, ni de contingencias, sólo te invita a reflexionar sobre cómo te sientes respecto a volar.


(3) Imagina que un ingeniero, encargado de calcular la estructura de un puente, te presenta un portafolio de competencias blandas, evidencias de trabajo colaborativo y una rúbrica de "pensamiento crítico"… pero sin un solo cálculo verificable.


(4) Imagina que el profesor, ese que debería abrirte las puertas del conocimiento, sustituye el contenido por “experiencias de aprendizaje”, diluye la historia en opiniones, la matemática en intuiciones, la filosofía en dinámicas lúdicas en donde todo es participativo, todo es inclusivo… y, sin embargo, cada vez más vacío.


Esto no es una distopía, es una advertencia.

¡Ay de ti, maestro, que preferiste agradar antes que enseñar!

¡Ay de ti, maestro, que diluiste el saber hasta hacerlo irreconocible!

¡Ay de ti, maestro, que creíste innovar cuando solo estabas simplificando!


Hemos confundido el instrumento con el saber. La herramienta con la verdad. La metodología con el conocimiento, y en ese error, que no es ingenuo, sino estructural, hemos comenzado a sacrificar lo esencial en el altar de lo accesorio, y lo accesorio, lo hemos elevado a categoría epistemológica.


Y no cansados, en últimas, le hemos sumado otro fenómeno más sutil y quizá más corrosivo, la conversión de la vida y, por extensión, del aprendizaje, en un juego.


No hablo aquí del juego como forma cultural legítima, sino de su caricatura pedagógica que sirve como coartada, como anestesia y disfraz de una enseñanza que ha renunciado a la seriedad. Se reparten puntos, insignias y niveles. Se “premia” la participación, se celebra la ocurrencia... y todo debe ser amable, todo debe ser motivante, todo debe ser jugable, ¡vaya disparate!


Porque el conocimiento, la formación, y por ende la educación, no son un juego. No lo son en la medicina cuando diagnostica, ni en el derecho cuando sentencia, ni en la ingeniería cuando calcula, ni en la filosofía cuando discierne. Convertir el aprendizaje en una partida permanente no lo hace más accesible, lo trivializa, y lo trivial, por definición, no sostiene nada.


Se nos dice que así “enganchamos” al estudiante. Que así aprende mejor. Que así “disfruta”. Y sin embargo, lo que se obtiene no es compromiso, sino dependencia del estímulo; no es comprensión, sino reacción; no es saber, sino entretenimiento.


El resultado es una subjetividad entrenada para el juego, pero no para la realidad.

Pero hay algo que le quita el sueño a la élite de esta nueva pedagogía. Que los docentes volvamos a hablar de rigor, de límites, de conocimiento. A que lo hagamos sin pasar por el filtro de su censura y de su retórica sofista, y prefieren, entonces, repartir etiquetas:“profesaurios”, “anticuados”, “tradicionalistas”, antes que admitir que su modelo de balneario deja sistemáticamente a los más vulnerables en el medio del camino.


Si el alumno no aprende con su metodología vanguardista la culpa es de todos, pero no de un modelo que hace gala de la ocurrencia... Y así, poco a poco, y cada vez con menos resistencia, hemos ido "formando" generaciones que saben presentarse, pero no tienen qué decir; que dominan plataformas, pero no disciplinas; que esperan recompensa, pero no toleran la exigencia.


Al desaparecer el contenido y el rigor, nos quedamos con una indigencia intelectual alarmante celebrada por la "industria educativa" al amparo de unos y otros.


Ante este escenario, creo que el día del juicio no llegará con estruendos ni cataclismos, llegará en silencio, cuando descubramos que quienes deben sostener el mundo no saben hacerlo: (1) cuando el médico no sepa diagnosticar, (2) el abogado no sepa argumentar, (3) el ingeniero no sepa calcular, (4) el docente no sepa qué enseñar. Ese día, ni los metodólogos más disruptivos, ni los ludópatas atrincherados se salvarán. Y entonces, comprenderemos que educar no era entretener, ni facilitar, ni dinamizar, ni ludificar... era, sencillamente, presentar y dar valor a aquello con lo que el mundo se sostiene.


¡Ay de ti, maestro, que convertiste el aula en escenario y olvidaste que era templo!

¡Ay de ti, maestro, porque confundiste enseñar con entretener!

¡Ay de ti, maestro, porque cuando llegue la hora, no tendrás nada que decir!


___________


Profesor Jorge Aurelio.

Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®

Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


 
 
 

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