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¿Hablas o ladras? El caso de los therian.

  • Foto del escritor: JorgeAurelioMx
    JorgeAurelioMx
  • 26 feb
  • 3 Min. de lectura

Una pregunta metafísica.


Cuando un joven afirma ser lobo, zorro,  felino, o cuando se nombra therian, no está modificando su ADN, sino ensayando una forma de estar en el mundo, y lo que está en juego no es la biología, sino la idea misma de lo humano.


El fenómeno de los llamados therian no puede analizarse con gritos morales ni con sentimentalismos pedagógicos. Exige pensamiento y altura intelectual. Exige que no confundamos identidad con ocurrencia ni libertad con disolución.


La identidad no es una piedra, es un proceso.

El ser humano no nace terminado, se va haciendo. Cambiamos de ideas, de estética, de lenguaje, de referentes. Adoptamos símbolos que expresan aquello que deseamos potenciar. El adolescente no pierde el yo, lo está fabricando.


Desde la biología del desarrollo sabemos que en la adolescencia la corteza prefrontal aún madura mientras el sistema emocional impulsa la búsqueda de pertenencia y reconocimiento. No estamos ante una fractura ontológica, sino ante una reorganización evolutiva biopsicosocial. El yo no se extingue, se construye.


En el ámbito clínico, desde que Bleuler describiera la esquizofrenia, sabemos que los trastornos psicóticos implican ruptura con la realidad, delirios estructurados y deterioro funcional. La llamada licantropía pertenece a ese campo, pero en la mayoría de estos jóvenes no hay pérdida del juicio de realidad ni desorganización cognitiva masiva. No hay colapso neurobiológico y tampoco estamos ante una epidemia psiquiátrica. Confundir exploración simbólica con psicosis, es intelectualmente deshonesto.


Tampoco es un fenómeno nuevo. Las tribus urbanas han sido históricamente laboratorios de identidad. En contextos de fragilidad familiar, pobreza simbólica o aislamiento emocional, la pertenencia opera como salvavidas. Erikson lo explicó con claridad: la adolescencia es el escenario natural de la exploración identitaria.


El joven necesita experimentar máscaras para descubrir su rostro.

Pero aquí conviene pensar con mayor profundidad. El ser humano siempre ha recurrido a formas antropomorfas para expresar ideales. La mitología está repleta de combinaciones entre lo humano y lo animal. Centauros, esfinges, dioses con cabeza de halcón no eran huidas de la humanidad, sino metáforas de su potencia. El animal no sustituía al hombre, lo intensificaba. El león simbolizaba fuerza, el águila visión, el lobo astucia, pero el centro seguía siendo humano. Incluso hoy, los equipos deportivos adoptan nombres y mascotas animales para apropiarse simbólicamente de ciertos rasgos. Nadie cree literalmente ser un tigre, desea la fiereza del tigre. Nadie renuncia a su humanidad por portar un escudo con alas, busca volar más alto en términos competitivos.


La literatura y la filosofía han hecho lo mismo. Cuando Nietzsche habla del Übermensch, no propone abandonar la condición humana, sino superarla desde dentro, intensificarla, elevarla.


Históricamente, lo animal ha sido metáfora de poder humano. Pero el fenómeno actual parece insinuar algo distinto, no la apropiación simbólica de rasgos, sino la tentación de sustituir la identidad humana por otra categoría ontológica. No se trata de “quiero ser valiente como un lobo”, sino de “soy lobo”, y ahí el desplazamiento es filosófico.


No estamos ante una metáfora, sino ante una inversión.

La pregunta incómoda es esta: ¿por qué podría resultar más atractivo para algunos jóvenes declararse no humanos? ¿Qué imagen de lo humano hemos construido para que resulte insuficiente o indeseable? ¿Qué pedagogía hemos ejercido para que la condición humana no sea presentada como un privilegio trágico, complejo y magnífico, sino como una carga doliente de la que conviene escapar?


Aquí el educador no puede actuar como policía moral ni como animador acrítico. La inclusión no significa abolición de límites. La ONU promueve la no discriminación, y eso es irrenunciable. Pero la escuela no es un parque temático de identidades infinitas, es una institución de formación racional. Identidad simbólica puede ser un derecho, negación irracional no lo es. Dignidad no equivale a desorden.


El liderazgo educativo exige equilibrio, ni patologizar sin evidencia, ni normalizar sin criterio. Sostener la línea biológica, ética y normativa con serenidad. Recordar que la identidad es dinámica, pero no arbitraria. Que el ser humano puede explorar máscaras sin olvidar que posee rostro. Que la libertad no consiste en diluirse, sino en asumir la propia condición con responsabilidad.


Porque el riesgo no está en que un adolescente imite el aullido de un lobo. El riesgo está en que olvidemos enseñar por qué vale la pena hablar como hombres. Si lo humano deja de ser horizonte de excelencia, cualquier otra categoría resultará tentadora.


Y entonces la pregunta vuelve, más severa, más filosófica: ¿hablas o ladras? No para humillar, sino para despertar. No para excluir, sino para pensar. Porque antes de elegir qué animal admiramos, conviene preguntarnos si hemos comprendido la altura y la responsabilidad de ser humanos.


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Profesor Jorge Aurelio.

Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®

Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


 
 
 

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