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La educación y el triunfo de la trinchera.

  • Foto del escritor: JorgeAurelioMx
    JorgeAurelioMx
  • 1 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Los sistemas más peligrosos son los que siguen funcionando incluso después de haber perdido su sentido.



Desear “buenas vibras” para la educación en el año que viene es, en el mejor de los casos, una forma elegante de autoengaño. Una superstición amable. Un placebo moral. Porque no puede fracasar más lo que fracasó hace tiempo. Y fracasó de manera tan profunda, tan vasta y tan sistemática, que hoy solo queda disimular el derrumbe con sonrisas institucionales, retóricas de innovación y discursos de esperanza pedagógica.


Las evidencias del desastre están en todas partes. El mundo entero es un catálogo del fracaso educativo. Pero hemos aprendido a mirar sin ver, a normalizar lo grotesco, a celebrar la excepción como si fuera la regla. Nos aferramos al triunfo microscópico: la pequeña trinchera. Esa diminuta victoria que conviene inflar para que algunos sigan creyendo, para que otros tantos sigan vendiendo y para que el negocio educativo nunca deje de facturar.


La trinchera es útil porque entretiene. Porque da esperanza. Porque hace creer que todavía hay algo por salvar.

En un país, y en un mundo, de ciegos, el tuerto no solo es rey: es asesor pedagógico, consultor internacional, gurú metodológico y conferencista motivacional.


Porque sí, una parte creciente del problema es que convertimos la educación en un negocio, y en el negocio, la ilusión es más rentable que la verdad.


Lo patético no es la ceguera, sino la obediencia con la que seguimos la liturgia del autoengaño. En lugar de detener la maquinaria y admitir que su diseño es perverso, celebramos como actos heroicos lo que en esencia son parches desesperados: el “triunfo” de la escuela que logra sobrevivir al caos; la hazaña del docente que hace de más; la proeza del que presume poseer la verdadera vocación, la metodología sagrada o la tecnología redentora que “por fin revolucionará el aprendizaje”; o el iluminado que presume manejar la fórmula nórdica.


Pero la verdad es otra. Lo único que sigue es administrar las ruinas.

Entonces, ¿qué queda?, ¿el triunfo publicitario de la trinchera?, ¿la denuncia contundente que no cambiará nada porque la podredumbre es estructural?


Quizá no quede nada. O quizá quede lo más primitivo, lo más corporal, lo más honesto: la suerte del pulmón.


El pulmón no debate. No teoriza. No reflexiona. No se ilumina con metodologías nórdicas. 
No se certifica. No promete innovación. No decide. Simplemente respira, aunque su dueño siga metiéndole humo.


Eso es lo que queda de la educación hoy: un pulmón que insiste en seguir respirando dentro de un organismo que se ha acostumbrado a dañarlo. Un pulmón que funciona incluso cuando el cuerpo que lo contiene se empeña en destruirlo.


La educación actual es ese pulmón tercamente operativo dentro de un organismo adicto al humo. Respira no por esperanza, sino por inercia. Y quizá —solo quizá— en esa persistencia muda haya más dignidad que en todos los discursos de “buenos deseos”.


No hay salud posible para un sistema que lleva décadas enfermo. La industria educativa es demasiado rentable para transformarse desde la ética, y demasiado indispensable para quebrar. Así que muta, se disfraza, cambia de narrativas, promete milagros, actualiza el lenguaje, multiplica certificaciones. Pero el mal sigue ahí.


Mientras tanto, los héroes de la trinchera —nobles, entregados, necesarios— se convierten sin saberlo en la coartada perfecta. Su éxito aislado sirve para ocultar la magnitud del fracaso general. Son mártires funcionales: mientras ellos luchan, el sistema se justifica.


Pero la verdad —la que no aparece en conferencias ni en foros de innovación— es simple:
 No hay nada que salvar cuando el cáncer está en todo el cuerpo.


La educación respira. Solo eso. Lo demás es propaganda.


___________


Profesor Jorge Aurelio.

Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®

Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


 
 
 

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