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La normalización del desgaste.

  • Foto del escritor: JorgeAurelioMx
    JorgeAurelioMx
  • 25 mar
  • 3 Min. de lectura

Son las 10:47 de la noche.

Un docente revisa tareas, responde mensajes, llena un formato pendiente.

No es una excepción, es rutina.


Hay una palabra que se repite en voz baja en las salas de maestros, en los pasillos entre clase y clase, en los mensajes que se envían al filo de la noche: saturación. Y no hace falta levantar una encuesta para reconocer que es un sentimiento presente, arraigado y fácilmente identificable en gran parte de quienes ejercen la docencia.


Lo más preocupante es que no se trata de un momento específico del ciclo escolar. No aparece solo en semanas particularmente exigentes. Al contrario, se ha instalado como un estado permanente, y cuando algo se vuelve permanente, deja de percibirse como anomalía y comienza a asumirse como normalidad. Ese es el verdadero riesgo. Porque entonces dejamos de preguntarnos si es correcto vivir así… y empezamos, simplemente, a buscar cómo sobrevivir.


¿Podríamos intentar justificarlo?, quizás.. pensar que, en el fondo, ese esfuerzo desbordado que nos satura se traduce en mejores aprendizajes. Que, aunque indeseable, la saturación tiene una recompensa: más calidad educativa, mejores resultados, estudiantes más preparados, pero no. La evidencia disponible no acompaña esa intuición. Organismos como la OCDE han documentado que la sobrecarga laboral docente se asocia con menores niveles de bienestar, mayor agotamiento emocional y, paradójicamente, con prácticas pedagógicas menos efectivas. En el mismo sentido, la UNESCO ha advertido que el exceso de tareas administrativas y demandas no pedagógicas, limita el tiempo de calidad para la enseñanza, afectando directamente el aprendizaje de los estudiantes.


Hacemos mucho, nos cansamos mucho… pero no necesariamente enseñamos mejor.

He ahí una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Entonces, ¿por qué nos sentimos tan saturados?


La respuesta fácil, y en buena medida cierta, es señalar hacia arriba: políticas educativas, exigencias institucionales, cargas administrativas desbordadas. En sistemas públicos, muchas veces esto tiene nombre y estructura. En espacios privados, cambia el rostro, pero no el peso. La lógica es la misma: más reportes, más evidencias, más formatos, más reuniones, más “urgencias”. Más de todo… menos de lo esencial.


Pero si nos detenemos ahí, la reflexión queda incompleta, porque la saturación no es solo un fenómeno estructural; también es un fenómeno cultural. Se ha instalado la idea peligrosa de que el "buen docente" es el que siempre está ocupado, el que siempre responde, el que nunca se detiene. La hiperactividad como sinónimo de compromiso, y no, no lo es.


Hay también una dimensión personal que incomoda reconocer, y que radica en la dificultad para priorizar, para decir no, para distinguir entre lo urgente y lo importante. La trampa de creer que todo tiene el mismo peso. La inercia de aceptar dinámicas que, en el fondo, sabemos que no aportan valor... Malas gestiones directivas, sí. Pero también una gestión personal que, muchas veces, no ha sido formada para resistir, filtrar ni reorganizar esa presión.


No es la carga la que quiebra al docente, sino la ausencia de sentido.

Ahora bien, imaginemos por un momento que nada cambia, que seguimos acumulando tareas sin sentido. Que el tiempo del docente continúa fragmentándose en decenas de microexigencias, y que la planeación profunda se sustituye por el cumplimiento superficial, postergando indefinidamente cualquier tipo de reflexión.


El escenario no es difícil de anticipar. Aulas donde se enseña en automático. Docentes que operan en modo supervivencia. Estudiantes que reciben actividades, pero no necesariamente experiencias de aprendizaje. Instituciones que cumplen con indicadores, pero vacían de sentido su propósito.


En tal sentido, la Organización Mundial de la Salud ha reconocido el burnout como un fenómeno asociado al estrés laboral crónico no gestionado adecuadamente. En educación, esto no es un concepto abstracto, es una realidad cotidiana que impacta la motivación, la creatividad y la permanencia en la profesión. Hay cada vez menos maestros, y cada vez menos vocaciones.


Cuando el docente se apaga, la escuela pierde su luz más importante.

Por eso, este no es un llamado a trabajar menos, es un llamado a trabajar con sentido. A recuperar una pregunta que debería ser brújula permanente: ¿esto que hago, realmente mejora el aprendizaje de mis estudiantes? Si la respuesta es no, o es dudosa, entonces no es una prioridad, aunque lo parezca, aunque lo pidan, aunque “siempre se haya hecho así”. Porque no todo lo que ocupa tiempo, construye valor.


Tal vez ha llegado el momento de redefinir el significado de compromiso docente, no como acumulación o cumplimiento de tareas, sino como claridad de propósito; no como disponibilidad absoluta, sino como filtro y criterio profesional; no como resistencia al deber, sino como inteligencia para enfocar la energía.


La saturación no es imaginaria, es una señal, y toda señal, si se atiende a tiempo, puede convertirse en punto de inflexión. Si no, se convierte en destino.


___________


Profesor Jorge Aurelio.

Fundador y Director de Asesoría Pedagógica Integral®

Maestro en Dirección de Instituciones Educativas • Maestro en Desarrollo Cognitivo • Orgullosamente Normalista.


 
 
 

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